Reseñas

Maggie en la Revolución

Cómo vivió una noruega la Revolución en México?

 

Por Mirko Stopar

 

La Revolución mexicana (1910-1917) fue y sigue siendo una fuente inagotable de literatura. La que aquí nos convoca es la antología de cartas escritas por la noruega Margaret “Maggie” Plahte, por entonces mujer de Michael Lie, quien en 1910 se convirtió en el primer delegado plenipotenciario nombrado por la joven nación Noruega en México. Las cartas están recopiladas en el volumen Kvinneblikk på kaotiske tider. Norsk diplomathustru i den meksikanske revolusjon, y fueron traducidas al castellano como Indómita. Cartas a Noruega sobre la revolución mexicana en 2010.

“Maggie” Plahte se inscribe en una larga lista de mujeres que por vía epistolar dieron cuenta de hechos turbulentos a través de una mirada sensible, cultivada y lateral, de gran valor histórico tal vez por no estar concebidas con una publicación en mente. Maggie venía de una familia pudiente y había nacido en Inglaterra de madre inglesa y padre noruego. Cuando cumplió 15 años la familia se instaló en Christiania. Maggie se casó con el pintor Christian Skredvig, y juntos vivieron en Italia y en Francia, donde frecuentaron a Munch, para finalmente volver a Noruega. La personalidad extrovertida y social de Maggie contrastaba con la aplacada del marido, y la total dependencia económica que tenían con el padre de Maggie acabó llevándolos al divorcio. Maggie empezó después su relación con Michael Lie, un alma más afín a su carácter, ambiciones y temperamento. Michael era el hijo de Jonas Lie, un importante escritor noruego del siglo XIX, y tenía estudios de ingeniería y formación militar. Se casaron, y en 1902 fueron a vivir a Estocolmo, donde Michael fue agregado militar. Más tarde lo transfirieron a Berlín, y en 1910 recibe el puesto diplomático en México, que Maggie asume como la posibilidad de una gran aventura.

Maggie con su esposo Michael Lie.

Mediante las cartas se puede establecer la relación que Maggie tuvo con México a través de los años, yendo y viniendo entre la fascinación y el desencanto. Como esposa de un alto diplomático, se codea con presidentes y jefes militares, mientras la pareja se erige en pilar de la sociedad ex patde la Ciudad de México. Mujer de alta alcurnia, la obsesionan el lujo, la educación y los buenos modales, y se horroriza con cierto aspecto primitivo que asocia a las clases bajas, los indígenas y más tarde con los ideales violentos que propaga la revolución. Guarda un especial temor hacia las enfermedades tropicales: “Para protegerse contra el tifo, no hay que tocar a los indios, ya que la mayoría de ellos tienen bichos asquerosos que son los transmisores del contagio”, escribe en una carta. Pero el temor real empieza cuando los efectos de la revolución comienzan a manifestarse en la exclusiva zona de la capital donde reside la diplomacia. Los partidarios del caudillo Madero saquean tiendas y roban casas. Michael y Maggie urden un plan de emergencia en caso que su vivienda sea sea atacada: subir a la azotea, aun con el riesgo que los atacantes los arrojaran al vacío. “En ese caso, yo me hubiera envuelto en la bandera noruega para hacerme lo más diplomática posible”, escribe en 1911. Michael, un experto tirador, lleva siempre consigo un revólver, y hace vigilar la casa por centinelas con escopetas. No obstante estos peligros y amenazas, la pareja continúa acudiendo a banquetes invitados por el presidente y altos dignatarios y viajando por el interior de forma lujosa. Maggie compara en sus cartas la crueldad de la “plebe” revolucionaria atacando tranvías y propiedades, matando y secuestrando gente, con prácticas de la Edad Media, y se queja que en Noruega nadie tiene idea de lo que está pasando en México, por lo que “he resuelto  que yo debo exponer las condiciones verdaderas”.

Además de la revolución, México sufre frecuentes terremotos, algunos bastante dramáticos, al punto que “nos mecíamos de acá para allá como si la casa se encontrara sobre grandes sillas mecedoras. Que no se haya destruido es completamente incomprensible”.

Durante un tiempo reina en la ciudad un estado de semi-anarquía. Maggie escribe “Nadie sabe con los que los pobres diplomáticos tienen que luchar para representar a su país de una manera más o menos digna en estos países”, para acto seguido concentrarse en la problemática del arreglo del caos de la casa y las penurias para conseguir cortinas decentes.

La situación se tranquiliza un poco a fines de 1911 con la asunción de Madero como presidente. Este empondera a las clases bajas e indígenas (a quienes Maggie refiere como “salvajes” y “pata andantes” porque siempre andan descalzos). Pero la violencia reaparece al poco tiempo, con balaceras detonando detrás de la puerta y el avistaje de cuerpos heridos y muertos yaciendo en el Zócalo. El peligro es tal que la pareja y otros diplomáticos tienen que abandonar sus casas y vivir un tiempo hacinados en la bien fortificada legación alemana, sobre la que llueven granadas y disparos. “La Decena Trágica”, tal cual se conoce esa embestida revolucionaria, acaba con el asesinato del presidente y su vice, y propicia la llegada del General Huerta. Maggie y Michael salen a recorrer las calles para ver los cadáveres calcinados, porque como no se los podía enterrar se los quemaba con paja y petróleo.

Con Huerta en el poder la inseguridad continua. Ahora el peligro más grande es viajar en tren, porque son frecuentemente atacados por bandidos: “Mi temor es que la única y última línea ferroviaria a Veracruz también sea arruinada, pues en ese caso seremos simplemente prisioneros”. Los diplomáticos compran armas para autodefenderse. La pareja se acopia de provisiones y se prepara para cobijar otros noruegos en la ciudad que pudieran necesitar ayuda. En caso de emergencia tienen conejos y gallinas, “y también el caballo de Michael, para mí un pensamiento totalmente canibalesco”. Pero cuando Huerta los invita a una recepción oficial, ellos asisten gustosos. Maggie escribe que el presidente “es extremadamente interesante y simpático cuando se habla con él y siempre está de buen humor. Da la impresión de ser un soldado de pura sangre y un dictador sin demasiados escrúpulos”. Ese es acaso el rasgo más notable de las cartas, la naturaleza camaleónica de Maggie y su esposo, por un lado cercanos al presidente y su entorno, participando de nursery teas, cazas de venados y reuniones del jockey club, y por otro sufriendo en carne propia la violencia de la revolución. Pero los enemigos no están solamente afuera: desconfían de los sirvientes. En una ocasión les roban una llanta del auto y no dudan en acusar al chofer, que siempre está en apuros de dinero. De los indígenas Maggie escribe que “no tienen grandes pretensiones en la vida y por eso no es una gran pérdida perderla. Se acuestan con toda calma y se mueren, más o menos como los animales salvajes en la selva”. Lo que sí la conmueve son las corridas de toros, espectáculo que aborrece por el maltrato sangriento al que los animales son sometidos.

Pasan los años, incluída la Primera Guerra Mundial, y hacia 1919, con los riesgos de secuestros y epidemias más latente que nunca, la pareja decide irse definitivamente de México. Al momento de partir, surge un conflicto con los sirvientes, que les exigen una indemnización mayor que la que les ofrecen. Maggie cree que reclaman “contagiados de las nuevas ideas de tener derechos más no obligaciones”, y la asombra “que nuestros sirvientes hayan sido tan buenos como fueron con la inmoralidad política que tienen como prototipo”. Ya a bordo del barco cruzando el mar Maggie evoca a México y “la sensación parecida a cuando uno se encuentra en la alta montaña, que uno está más cerca de Nuestro Señor, y que las penas del mundo abajo a mi mansión en las alturas no llegan”.

Michael retocó los textos de las cartas y las publicó en libro firmado por él en 1929. El redescubrimiento de este material aporta no solamente información insider sobre la Revolución, sino que nos sumerge en un aspecto del carácter de noruegos formando parte de acontecimientos mundiales de esa época que dista bastante con la idea instalada en el imaginario colectivo asociada a personalidades como Nansen, por ejemplo, noruegos self-made y humildes de espíritu ecuménico y aventurero, primos lejanos de sus coterráneos actuales, privilegiados ciudadanos del mundo con visión global y conciencia de clase. Con sus luces y más que nada con sus sombras Maggie Plahte es también a su manera algo cercano a una “grand lady”.