Reseñas

Ficción y supervivencia

                                                                           Por Andrea Ruiz

Un par de semanas antes, cuando el coronavirus era una noticia inquietante que venía de China, vino mi amiga Mercedes de visita. Fuimos al cine (vimos Los Miserables, un tour policial por los barrios marginales de París inspirado en el clásico de Víctor Hugo) a comer y a pasear por las librerías de la calle Corrientes. Le recomendé Distancia de Rescate, de Samanta Schweblin y Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara. Yo me decidí –de entre esa interminable lista de pendientes, misterios y debería – por Agosto de Romina Paula.

 

Tenía muchas referencias y recomendaciones sobre la autora de 41 años que además de escribir es dramaturga, actriz y directora de cine. En enero de este año de la peste se estrenó La muerte no existe y el amor tampoco, película de Fernando Salem basada en Agosto, su segunda novela, publicada en 2009 y que va ya por la quinta reimpresión. Bien, ya era tiempo de entrar al universo Romina Paula.

Pero el libro descansó en mi biblioteca hasta mediados de abril, cuando empecé a leerla como parte de un ritual vespertino que inauguramos con mi mamá y una de mis hermanas durante este tiempo de cuarentena que ya lleva dos meses y sigue. Cada tarde, un rato antes de la cena y después de contarnos los avatares del día, me llaman o las llamo y les leo un capítulo (o dos, o medio, depende de la extensión y de mi ánimo del momento).

Emilia viaja de Buenos Aires a Esquel a cumplir con un ritual de despedida. Van a esparcir las cenizas de su amiga de la infancia cinco años después de su muerte y el padre le pidió que participe.

            Jorge me dice que ya se puede exhumar el cuerpo, el tuyo, que ya se te puede exhumar, es decir, disponer de vos. Que como venció el plazo legal para una exhumación ya te pueden sacar de esa tumba anónima y disponer, disponer de tu cuerpo.

El viaje en bus hacia la Patagonia es también un extraño volver a casa, a la adolescencia y a un amor que quedó ahí. También un reencuentro con el padre, bañado de un amoroso desapego, con amigos de adolescencia y la presencia constante del fantasma de la amiga. Emilia se instala en su habitación, con todas sus cosas ahí, duerme con la gata, se pone su ropa, lee notas que la amiga dejó ahí, en papelitos y cuadernos.

            Te digo que primero me dio una extrañeza tremenda y angustia, de pensar que no te conocí realmente, aunque no, aunque eso sea una ridiculez también, porque vaya que te conocí, quién mejor que yo. Eso mismo fue lo que me gustó también, que hubiera cosas tuyas que yo no había llegado a conocer, eso me gustó, que no me lo hubieras dado todo, o mostrado, que hubiera cosas que te habías guardado para vos. Mirá que resultaste taimada.

Leo por ahí que Agosto es una novela epistolar. No me parece. Es cierto que está escrita en segunda persona, pero no hay respuesta ni expectativa de respuesta. Es más bien un diálogo imposible, ese que mantenemos con los muertos queridos, con retazos de diálogos pasados, con ideas de cómo sería. También es una escritura que desnuda su propio proceso, que intenta anular la censura entre pensamiento y texto. Por eso resulta más cercana a la oralidad.

            La puta madre, ahora acá, en esta euforia, con Juli, con el sur, con el frío, con el alcohol, con la década, la pasada, la que nos configura, pienso en vos. Te me venís, te me aparecés en la noche, que no estés se me aparece, que no pueda contarte esto aunque me haga la que sí, no poder contártelo ya nunca, es algo que todavía no puedo entender.

Agosto es la historia de un duelo, una road movie por paisajes patagónicos, un relato de la angustia y la incertidumbre. Una pregunta sobre el amor y la trascendencia.

En este mayo de pesadilla global, Agosto fue también un ritual de contacto y una forma de supervivencia.

Agosto

Romina Paula

Editorial entropía

Quinta reimpresión, abril 2019

ISBN: 978-987-24797-5-6