Reseñas

Contra el mal del olvido

El libro He visto al jaguar es una contribución importante en cuanto a tener siempre a las personas y los conflictos presentes, de hacernos acordar de preguntar siempre: ¿Cómo les fue?

Por Signe Prøis

 

 

El año que pasé de intercambio cultural en la Argentina cuando tenía 17 años me marcó por siempre, pero lo que más me tocó fue encontrarme con una sociedad que hasta muy recientemente había vivido con tanta violencia. Mi amiga Luli nunca conoció su papá, lo desaparecieron durante la dictadura, cuando ella tenía sólo un año. Otras amigas de niñas tuvieron que esconderse debajo de sus pupitres cuando los bombardeos pasaron por su pueblo, Río Gallegos, la base de operaciones más cercana a la guerra en Malvinas. Escuché lo que me contaban, y me dí cuenta que yo, por la realidad de la que venía, no tenía ni palabras para lo que me contaban.

Aún me cuesta comprender la dimensión del sufrimiento que ha vivido la Argentina. Pero ese primer encuentro con el padecimiento de los argentinos fue también la primera vez que me pregunté qué consecuencias tiene el miedo y el terror en una persona, cómo forma una sociedad.

 

 

Sigrun Slapgard. Foto: Tove K. Breistein

 

En su libro Eg har sett jaguaren – He visto al jaguar la periodista y autora noruega Sigrun Slapgard da respuestas a estas preguntas. Se reúne con personas que de diferentes maneras forman parte de la violencia sudamericana, e investiga cómo esa violencia ha dejado su marcas en su identidad y en la sociedad a la que pertenecen. La escultura noruega Gitte Dæhlin hizo de la lucha maya por su cultura y sus derechos parte de su vida y vivió en México desde 1977. Con la jurista y miembro del parlamento Marianella García Villas, la monja carmelita Laura Hernández puso su vida en juego para documentar violaciones durante la guerra civil en El Salvador. Luego tuvo que exiliarse en Noruega. En Colombia la política Ingrid Betancourt fue liberada en 2008 tras seís de años en la selva, rehén de FARC. Luego utilizó esta experiencia para abrazar el proceso de paz en su país. Y en la Argentina, Laura Catalina de Sanctís Ovando se convirtió en la nieta número 112, de los alrededor de 500 nietos que las Abuelas de la Plaza de Mayo han peleado infatigablemente por recuperar; niños robados de sus padres en cautiverio y luego adoptados a familias militares durante la última dictadura en el país.

Slapgard ha estudiado y trabajado en América Latina desde los años ochenta y el conocimiento que tiene sobre el telón de fondo de estos conflictos, es extensivo. En el libro hace un seguimiento de las historias de estas mujeres. El resultado es una crónica sobre la historia reciente del continente, en la cual la alternancia entre las entrevistas y los análisis da una comprensión valiosa de historias que nos son cercanas en tiempo, pero que aún así han quedado en las sombras de los acontecimientos más recientes, allí y en otros lados del mundo. Pienso que tenemos mucho que aprender de América Latina en este sentido, en cómo enfrentar desafíos en relación con la violencia, la retórica del odio y la polarización.

El libro está escrito de una manera que hace que esta hincha del continente lo sienta todo muy presente en la memoria. Particularmente me toca lo íntimamente que se posiciona la autora al lado sus protagonistas, su capacidad de llevar al lector a las visiones del mundo de ellas, sus miedos y sus motrices, el respeto cariñoso que les muestra. Visualiza simultáneamente a la persona y el conflicto al que ha pertenecido. Pinta la historia de una manera que muestra la fuerza que hay en lo malo y en lo bueno. En sus historias hay espacio para el humor y la gravedad. 

Como en la reunión con el antes comandante de las FARC Oscar Montero, alias El Paisa, un hombre de tan mala fama por su brutalidad que el chófer de Slapgard tiembla en camino al lugar de encuentro. El Paisa está dentro de las personas que más sangre en las manos tiene, y de repente está ahí, contando alegremente que encima de ser ahora agricultor de maíz su plan para la nueva vida civil será el ecoturismo, ahí en el medio de la selva colombiana. Aquí puedes dormir en la cama donde murió el legendario dirigente de las FARC, Manuel Marulanda. Caminar sobre senderos guerilleros cubiertos.

Usando ese tipo de imágenes, el libro visualiza varios de los retos en relación con la manera en que América Latina ha enfrentado – o no  – su historia de violencia. En varios paises se han establecido los llamados comités de la verdad, que pretenden dar formas de castigos menos duros a cuenta de una confesión. En otros paises se ha dado amnistía a los responsables y se trató de tapar la historia y hacerla olvidar. 

Pero esa propaganda del olvido funciona muy mal, y Slapgard indica que justamente esta falta de prosecución penal en varios lugares ha alterado el valor que la gente da al sistema judicial y que eso ha contribuido a que paises como El Salvador, Guatemala y Honduras hoy se encuentren entre los lugares más peligrosos del mundo. Paises en los cuales hoy se considera un privilegio poder «morir de la muerte», y no por homicidio. 

Luego de haber publicado una nota periodística sobre la activista salvadoreña Marianella García Villas en 1983, Sigrun Slapgard recibió una postal de un profesor de secundaria y su curso. Habían leído la nota y querían saber cómo le había ido a Marianella y a las mujeres desaparecidas. Esa postal Slapgard se la llevó consigo de ahí en adelante, como un recordatorio de no olvidar. Para mí He visto al jaguar es una contribución importante en cuanto a tener siempre a las personas y los conflictos presentes, de hacernos acordar de preguntar siempre: ¿Cómo les fue?

(Esta reseña fue ercargada por la edición literaria Bokmagasinet del diario noruego Klassekampen y publicada en marzo 2018 cuando salió el libro.)