Noticias

Mi mamá (a veces no) me mima

Durante Filba 2019 un panel de escritoras y periodistas revisa la representación del rol materno en la literatura contemporánea. Bajo el título “Madres hay millones” Julia Deck, Margarita García Robayo y Eugenia Zicavo proponen algunas lecturas que dan cuenta de maternidades en conflicto.

Por Andrea Ruiz

 

Instinto o cultura, mandato o deseo, la maternidad ha sido un aspecto central en la definición social de lo femenino. Y en tiempos de nuevas identidades, de revoltijo de géneros, de adelantos que permiten posponer el llamado del reloj biológico, de discusión en torno al aborto y de renovadas fuerzas en el movimiento feminista, la literatura –especialmente la escrita por mujeres- despliega nuevas interpretaciones y propone nuevos mundos posibles.

Así, las integrantes del panel ponen sobre la mesa un menú de lecturas.

Julia Deck confiesa que se sintió desde siempre atraída por la figura de la mauvaise mere, la mala madre, personaje al que le atribuye mayor riqueza y complejidad que la buena madre, la que cumple con el ideal tradicional “que besa a sus niños cuando los lleva a dormir” y es el centro del hogar. Madame Bovary, con su decepción por el hastío que le causa su hogar pequeñoburgués tan diferente a la vida apasionada y aventurera con que le hizo soñar la lectura de novelas, encarna a la mala madre. Es incapaz de sentir conexión emocional con su hija y se deja caer en una profunda depresión. Deck admite que su Viviane Élisabeth Fauville (novela traducida a varios idiomas y recientemente al castellano) está inspirada por Emma Bovary. Pero Viviane además sufre un proceso de escisión que le impide recordar fragmentos del pasado inmediato. Ese quiebre se refuerza en el texto por un uso muy particular de la segunda persona:

Mientras mezcla los huevos con el tenedor usted intenta acordarse de lo que hizo hoy. La bebé la despertó a las seis. Se oye una queja suave en el cuarto, todavía oscuro a pesar de no tener persianas. Usted abre un ojo, entona una melodía tonta, uno de esos temas pop que aprendió a los quince años, que son las únicas canciones de cuna que conoce.

 

 

Eugenia Zicavo propone varios libros de autoras argentinas contemporáneas. Pendiente, de Mariana Dimópulos, en el que una mujer sufre graves complicaciones en el parto por lo que debe permanecer un mes internada y delegar al padre el cuidado del bebé. Al volver a casa, no logra conectar la criatura. En La Virgen Cabeza, de Gabriela Cabezón Cámara, una transexual que se comunica con la Virgen María y una mujer heterosexual que se enamora de ella conciben y crían a la hija de ambas, Cleopatrita. Samanta Schweblin ilumina la angustia de la crianza con Distancia de Rescate, esa línea que conecta a la madre con su hijo para que sea posible salvarlo de cualquier peligro. En Elena Sabe, de Claudia Piñeiro, una anciana con mal de Parkinson peregrina por Buenos Aires y alrededores intentando resolver el misterio de la muerte de su hija. Esa deriva la lleva al reencuentro con una mujer a la que la hija de Elena empujó a un parto no deseado.  Estrógenos, de Leticia Martín, es una distopía en la que las mujeres han decidido dejar de concebir y la responsabilidad de la supervivencia de la especie recae en los hombres. Los adelantos científicos permiten el embarazo masculino, pero solo hasta los tres meses, que es cuando se puede producir un parto peneano, con episiotomía incluida (Sí, ouch).

 

 

 Por su parte, Margarita García Robayo trae dos personajes maternos, ambos de autoras norteamericanas. El primero es Claire, protagonista de In a country of mothers, de A. M. Holmes, una psicoanalista casada y con hijos que durante su adolescencia fue obligada por su madre a dar en adopción a su bebé. Claire tiene una paciente, Jody, que tiene la misma edad que tendría su primogénita y además, es adoptada. La relación entre ambas se convierte en un thriller en cuyo centro está el drama del reconocimiento. El otro personaje es la madre de familia protagonista de Reunión en el restaurante Nostalgia, de Anne Tyler. García Robayo se enternece con este personaje, que más que mala madre, es una madre torpe: “con todo el amor del mundo y con las mejores intenciones sólo consigue hacerlo todo mal”.

Resulta interesante la reflexión final de García Robayo.  Se pregunta si esta tendencia contemporánea de narrar la maternidad haciendo hincapié en el padecimiento, la esclavitud y la tortura no está haciendo perder de vista un matiz filosófico o existencial y desde el punto de vista del lector, acusa esta carencia. Como si después de escalar el Himalaya sólo se narrara el vértigo. Sin pretender leer o escribir sobre maternidades felices, este sesgo “me empieza a parecer insuficiente e incluso banal para contar una experiencia que es por lo menos tan trascendental como escalar el Himalaya”.