Noticias

Fin de la prensa

Uruguay se está quedando sin prensa local. Año a año, en lo que va de siglo, tiene cada vez menos mirada propia e independiente en términos de medios profesionales de lenguaje escrito, oral o visual. Y la sociedad uruguaya no es consciente de lo que eso implica.

 

Por Pablo Fernández

 

Fotos: Signe Prøis

Sus poco más de tres millones de habitantes siguen como si nada, arrastrando más por inercia que por mérito propio esa reputación de país culto y liberal del sur de América.

Estos días visité una exposición de fotografías de prensa montada al aire libre en un parque de Montevideo, con motivo de los cien años de uno de los principales diarios de Uruguay. Llovía, hacía frío, y yo tenía otras cosas que hacer. Pero pasaba por allí y no pude evitarlo: tuve que mirar las 79 fotos de gran formato, una por una.

Vi el primer plano de un enorme Zeppelin alemán sobrevolando el perfil inconfundible de mi ciudad. Vi a una multitud alborozada en la avenida principal festejando el final de la Segunda Guerra Mundial. Vi a la selección uruguaya de fútbol ganar el campeonato mundial de 1950. Vi a familias anónimas  pasando un día de playa en un balneario desierto que hoy ya forma parte de la ciudad. Vi una calle de mi barrio hace cuarenta y dos años. Vi a candidatos, votantes y actos políticos a lo largo de todo el siglo XX. Vi a jóvenes músicos y actores entrañables, que hoy, ya viejos, siguen tocando y actuando.

 

 

Después seguí camino, mojado y emocionado. Esos cien años de fotografías son la historia reciente de mi país, y también mi propia historia y la de mi familia. Desde que mis bisabuelos y abuelos llegaron del norte de España e Italia en unos barcos destartalados… hasta el presente, en el que hago lo que puedo por seguir mi vocación y al mismo tiempo criar y educar a un hijo de seis años.

Y pensé “¿quién y cómo va a contar de forma tan hermosa nuestra pequeña vida cotidiana de los próximos años?”.

Los medios tradicionales uruguayos –diarios, revistas, radios, televisión, pero también portales web- viven una agonía triste de presenciar. El contexto cambió – forma de acceder a los contenidos, intereses del público, tecnologías- y nadie termina de entender cómo mantener un equipo de comunicadores profesionales (redactores, fotógrafos, camarógrafos, ilustradores, editores, diseñadores…) y al mismo tiempo hacer que su actividad sea rentable.

Lo que se escribe desde esos lugares tiene menos lectores, lo que se habla menos escuchas, lo que se emite menos público. Y por lo tanto menos ingresos por consumo directo y por publicidad. Intento ponerme en el lugar de los encargados de las decisiones empresariales de esos medios y me doy cuenta de que, al igual que ellos, yo también estaría desorientado. Palos de ciego, en el agua.

A medida que las audiencias bajan y se atomizan los productos pierden calidad, y los planteles de profesionales de la comunicación disminuyen. Los vínculos laborales se tornan precarios, impredecibles, y los encargos bajo la modalidad freelance se pagan a precios ridículos. Menos de 100 dólares por una nota que lleva quince días hacer bien. La ecuación es sencillamente insostenible.

El contexto es fértil para propuestas inaceptables. La frontera entre lo digno y lo indigno se diluye, y es fácil toparse con miseria humana y prostitución de la profesión. Sálvese quien pueda.

Muchos de mis colegas tuvieron que refugiarse en la publicidad, la comunicación empresarial, el asesoramiento de imagen política o en el mejor de los casos en tareas asociadas a la docencia. O un poco de todo eso a la vez.

Deprime ver redacciones semivacías y oscuras, silenciosas. Intentando permanecer, transcurrir. Con cada periodista que abandona la actividad se pierde una cuota de expertise, un pedazo de bello métier. A la cadena de este precioso, delicado y complejo oficio le faltan ya demasiados eslabones. ¿De quién van a aprender los jóvenes a hacer una entrevista, un retrato, una nota de color, dos preguntas bien hechas en un corredor o un ascensor?

¿Quién va a reseñar el nuevo libro de un escritor, o un recital, o una exposición de artes plásticas? ¿Quién va a hacer una crónica de hacia dónde va Montevideo en materia de urbanismo, o sobre los desafíos que plantea el aumento del área cultivada en el país? ¿Quién va a hacer humor? ¿Quién va a registrar – con formación y sistemáticamente – los sonidos de la ciudad?

 

 

Las cadenas y sitios globales que en parte toman la posta en la oferta de contenidos cubren los grandes eventos locales, como elecciones, fallecimiento de notables o principales competencias deportivas. Pero por su propia lógica de funcionamiento jamás podrán hacerlo con la particularidad, el matiz y los gestos propios de la uruguayés. Serán, siempre, versiones pasteurizadas, estandarizadas y apuradas de la realidad, a brocha gorda y en plano general.

Podrá acotarse que esto pasa en todo el mundo, por supuesto. Que es inevitable, y cultural, y parte previsible (y hasta quizá deseable) del contexto histórico y tecnológico que nos tocó vivir. Y es cierto. Pero en mercados pequeños y con un sistema de educación pública que hace agua desde hace décadas como el uruguayo las consecuencias son dramáticas, y mucho más inmediatas.

Tener buenos medios de comunicación locales y profesionales capaces de editar los infinitos hechos del día a día para elegir los que a su juicio valen la pena equivale a tener mirada propia, espejo en el que observarse, caja de resonancia. Algo vital para una sociedad sana, liberal, democrática, integrada. Con conciencia de sí misma.

A veces no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. ¿Y ahora qué?

 

Pablo Fernández es periodista y escritor. Fue jefe de editores de la Agence France Presse, y es colaborador de algunos de los principales medios uruguayos. En 2012 se pasó al periodismo freelance, y desde entonces ha publicado y producido notas para medios como The New York Times, The Guardian, CNN, O Globo, la agencia Associated Press y el canal sueco STV.