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El editor: Martín Fernández Buffoni / HUM

Por Pablo Fernández

Martín Fernández Buffoni (Montevideo, 1979) acaba de cumplir 40 años y lleva media vida editando libros en forma independiente, primero con la editorial Artefato, y luego con HUM – y su prima hermana Estuario – que fundó en 2007.

Intenso, hiperactivo y apasionado, ha publicado a toda una generación – y casi medio millar de títulos – de autores uruguayos extraños, arriesgados, de esos que escriben con las tripas. Desde su cuartel general, ubicado sobre su librería Lautréamont, cincha tozudamente del carro de la literatura uruguaya, que pese a lo minúsculo del mercado (Uruguay: 3,3 millones de habitantes) parece empecinada en reinventarse y florecer.

– Hay una pregunta que le hago a muchos creadores, basada en que toda obra refleja la personalidad de su autor. Y en tu caso también aplica, si tomamos como obra el conjunto de libros que editaste. ¿Qué se puede concluir sobre tu persona mirando los títulos publicados por tu editorial?

– Si tenés en cuenta que la mayoría de lo que publicamos no son libros convencionales, sino que van a contrapelo de lo realmente comercial, que son de autores friki, libros extraños que rozan la poética, ni llanos ni sencillos, ni fácilmente masticables… te darás cuenta de que hace un poco a la locura que tiene uno. En realidad el término justo no sería locura, pero yo siento que muchísimos autores nuestros son raros, para el común de los mortales. Ahora, yo no me considero raro, simplemente le pongo tripas y corazón a cada libro, y me rompo el alma por difundirlos.

-¿Qué autores habría que leer para entender la literatura uruguaya actual?

– Son muchos. Pero en esa lista deberían estar Daniel Mella, Gustavo Espinosa, Damián González Bertolino, Fernanda Trías, Pablo CasacubertaMartín Bentancor, Natalia Mardero, Mercedes Estramil y Felipe Polleri.

– Tú has dicho que tus colecciones “tienen mucho respeto por lo que significa gastar dinero en un libro”. ¿A qué te referís exactamente, en qué consiste ese respeto?

– Nosotros nos la jugamos a publicar ciertos libros que no son pensados comercialmente, que obviamente no van a vender mucho, y es todo un riesgo. Pero es parte del trabajo. Y si me pongo grosero y bruto te lo digo bien clarito: como editor con media vida en el oficio, cada vez entiendo menos. Si esto fuera una ruleta ya no sabría dónde poner la ficha. Te llevás sorpresas todo el tiempo: libros que seguro tendrían que andar bien, no pasa nada. Y al revés, libros que no apostabas demasiado, “opa, mirá, se recontra vendió”. O sea, es un negocio de mierda. Lo tengo anotado acá, en estos apuntes que traje: “Un negocio de mierda”. Ese quiero que sea el título de la nota.

– ¿Por qué?

– Porque es lo que es. Por ejemplo: los libros en seis meses son considerados viejos, más del 50% son devueltos por los libreros. Es una vorágine tal la del mercado editorial que muy rara vez un libro supera medio año de existencia en librerías. Y yo me niego a mandarlos triturar, que una papelera te pague medio peso el kilo de papel. Antes los regalo, hacemos una pira en la plaza y los prendemos fuego. Muchas veces nos pasa que hay lectores que llaman a la editorial y dicen “Hola, estuve buscando tal libro, y en las librerías me dicen que está agotado”. Y yo miro en depósito y en la distribuidora y el libro está. Pero a los libreros les queda más cómodo decir “está agotado” y tratar de venderles otra cosa. Simplemente porque no lo tienen, y no son capaces de encargarlo y decir “señora vuelva mañana que se lo traigo”. Y relacionado a las devoluciones está el tema de los saldos, que terminan desvalorizando todo. Vas a las bateas de saldos y encontrás un autor bueno junto a uno malo, un libro excelente junto a uno horrible, todo a 50 pesos. Ya nada vale, porque todo vale lo mismo.

– ¿Qué lugar debe tener el libro en una sociedad sana, equilibrada?

– ¡Lo que pasa es que no todos los libros son iguales! Una cosa es un ensayo, otra una biografía y otra una ficción, no puedo meter todo en la misma bolsa, hablar de “el libro” como unidad. Y además la literatura es entretenimiento, y compite con cualquier otro entretenimiento. Entonces basta de intelectualizarlo todo, no soy quién para pontificar sobre el libro. Podría contestar lo que ya sabemos: que incentiva la imaginación, el desarrollo intelectual, el lenguaje. Lo veo en mis hijos, un libro lo miran mil veces y siempre le encuentran cosas distintas. El valor del libro en la humanidad ya lo sabemos, como herramienta de evolución personal es un arma de defensa, un arma exquisita del lenguaje. Es un soporte que conlleva conocimiento pero también riqueza lingüística, idiomática, cultural. Ahora, medir la inteligencia de alguien por cuántos libros lee no creo que sea el camino.

– Hay toda una generación anterior de editores con cierto idealismo militante, que quería contribuir a cambiar el mundo desde la publicación de libros. Y eso se ve hasta en el nombre que le ponían a sus editoriales. ¿Tú qué buscás con tu editorial, cómo vivís ese lado, el de los objetivos?

– A mí no me interesa la militancia política, pero sí la militancia ideológica, o estética si querés, en cuanto a contenidos. Cambiar los ojos con que se ve a la literatura uruguaya. Ya eso es una gran cosa. Yo me maravillé con la literatura en el liceo, cuando un profesor llevó a un autor a la clase, y dije “pa, existían los autores uruguayos”. Me dije “esto era posible, pensé que eran todos extraterrestres los que escribían libros”. Entonces, que uno pueda mostrar otro tipo de literatura desde una editorial, abrir cabezas, es un poco lo contrario del librero que te dice que la novela que buscás está agotada. Una diversión nuestra ha sido recomendar “Porrovideo”, de Jorge Alfonso, a pibes que claramente no leen. Y pasa que vuelven a buscar más de ese autor. Porque no pueden creer que exista un tipo así, que les hable de una Montevideo contemporánea, con un corte generacional realista. Es alucinante, le estás vendiendo un libro a un adolescente de 16 o 17 años, lo mismo que me pasó a mí con Bukowski digamos, solo que con un autor uruguayo actual. O sea, yo a los 18 también tomé vodka con 7up y leí Bukowski. Y hoy mostrar desde la editorial ese tipo de literatura extraña, pero local, es divino. Aunque muchas veces quedes como un asusta viejas.