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Introspectivo

Daniel Mella se desnuda y se prende fuego en cada uno de sus libros. El fuego lo quema por dentro, y quizá también redime, purifica. Ex mormón, deportista, hijo de una leyenda del surf uruguayo… una vida rica y compleja que vuelca en sus textos, en parte biográficos. Su enorme honestidad para escribir se refleja también al ser entrevistado: no mide ni rehúye preguntas, y sabe ir al punto. Como un misil teledirigido. “Fuego, fuego, fuego”…

 

Por Pablo Fernández – Foto: Mauro Martella

 

Uno ve obra a la distancia y entiende cosas que antes no entendía. Tu primer libro, Pogo, tiene más de 20 años. ¿Qué podés entender hoy de tus textos que antes era solo impulso, intuición?

Yo no releo mis libros, no me busco en ellos. Casi todos tienen un origen de angustia y pertenecen a una época específica de mi vida, y no volvería a escribirlos. A su vez, puedo ver que por un buen tiempo mi literatura reflejó una especie de negrura, de violencia, de desencanto con la vida. Que no deseo para mí. A mí me gustaría ser un tipo que ama la vida. Que disfruta, que agradece vivir. Y en parte lo soy. Entonces, ¿por qué mi mente y mi imaginación van o iban siempre hacia esos lugares? ¿Por qué sólo encuentra atractivo estéticamente la tragedia, la violencia, el dolor? El temperamento morboso en parte es ideal para un escritor, porque implica detenerse en ciertos aspectos, regodearse, observar meticulosamente. Cuando estás deteniéndote en un lugar, mirando de una manera, durante mucho tiempo, se genera un campo que parece más profundo. Estás contemplando la sombra, los matices de la desgracia. Y en cierta medida el joven es así: prefiere la desdicha. Le resulta atractiva, estéticamente. Porque además se siente desdichado en muchas ocasiones. Acaba de abandonar la infancia, ese paraíso, para entrar en el mundo adulto, y se da cuenta de que el mundo adulto es una mierda, y que le vienen mintiendo hace quién sabe cuánto tiempo, aprovechándose de su inocencia. Desde tus padres, en el recorte necesario que hacen de la realidad, hasta los maestros de la escuela, te están presentando un mundo que cuando te lo encontrás cara a cara muchas veces es lo opuesto a lo que te decían. Entonces obviamente vas a enojarte, vas a sufrir esa decepción. Es difícil dejar de ser niño, dejar la adolescencia… ¿para convertirse en qué? De ahí la rebeldía, de ahí el rock. Capaz que tenía que ver con eso mi escritura de ese momento.

 

Hay temas recurrentes en tu escritura: la muerte, la familia, la religión. ¿Cuál es tu inquietud, tu ámbito de creación?

Sé lo que otra gente ha dicho de mis libros: que llevo dentro un niño herido, que parece que los hubiera escrito otro. A los 24, cuando empecé terapia, le llevé mis libros al psicoanalista con la intención de que los leyera y me dijera qué mierdas me pasaba. Pero el tipo nunca hizo un comentario, ni siquiera sé si los leyó. La realidad es que uno escribe sobre sus obsesiones. Porque uno escribe de lo que necesita, de lo que inevitablemente va a escribir. El problema es que es mucho más fácil acceder a lo que uno quiere que a lo que uno necesita escribir. Está más próximo, funciona incluso como una trampa para que no llegues a lo que realmente necesitás. “Ay, querría escribir sobre los ositos de peluche de mi infancia”. Todos esos deseos son muy lindos, y podés empezar escribiendo sobre ellos. Pero es probable que si escribís miles de páginas sobre los ositos de peluche termines descubriendo que en realidad escribías sobre el abandono. O sobre tu miedo a la oscuridad. El descubrimiento de que una de mis obsesiones es la muerte ocurrió escribiendo. Ya para el segundo libro fue claro que ese era un tema fundamental alrededor del cual yo giraba.

 

El hermano mayor - Editorial Hum

 

Otra cosa en tus relatos es la crueldad. Esa crueldad innata de los niños, que remite a los episodios infantiles más incómodos. En el cuento “La esperanza de ver” el protagonista le rompe los lentes a una compañerita que es una desgraciada. ¿Qué es todo eso, de dónde viene?

No sé. También hay maltrato a animales, cosas así. Y yo no soy amigo de la violencia. Habré pegado tres piñas en toda mi vida, y con los bichos tengo una relación cordial. Pero de chiquito siempre fui muy consciente de los momentos en que sentí la tentación de ser malo: tenían un fulgor especial. Quizá porque era lo prohibido, lo que no se debería hacer. Es muy fuerte sentir ese impulso, que de repente querés cascar a uno más débil que vos. Esos momentos -por algo además aparecen en mis relatos- deben ser parte de esas vislumbres, de las fallas, las grietas en la personalidad de uno que se va conformando. Todos esos impulsos, violentos u oscuros, toda esa posibilidad de accionar por esos otros terrenos no buenos, generan fascinación. Yo tuve además una crianza religiosa, entonces la instigación a ser bueno por sobre todas las cosas también empieza a generar un monstruo dentro tuyo. Cuando te obligás a ser bueno, cuando esos impulsos tienen que ser no sólo reprimidos, sino ni siquiera mirados, hacer de cuenta que no existen. Eso genera más culpa aún, y alimenta un poco más lo atractivo que resulta el mal. Se produce una tensión, casi como una escisión en la personalidad. El mal como un error, que traés de fábrica.

 

¿Qué tipo de adolescente fuiste?

Introspectivo, obediente, buen alumno, bastante obsesivo. Muy enamoradizo, pero sin poder llegar a nada en ese terreno, porque era muy tímido y además estaba la restricción de la iglesia mormona. Con las mujeres no se podía… coger… ni siquiera toquetearlas. Nada sexual. Hacia los 17 años empecé a abrirme, y ahí empezó mi caída. Dejé de ser un Santo de los Últimos Días, de tener todo ese cuentito precioso que explicaba la existencia y todas esas reglas a las que ceñirme. En la iglesia nos referíamos a los no mormones como “la gente del mundo”. Y yo pasé de ser un miembro de la iglesia a ser una persona del mundo, y fue una caída abismal. Me enojé mucho. Esa fue una de las grandes causas de mi enojo, mi rabia, mi tristeza y mi desdicha. Haber perdido a Dios, comprender que había vivido una mentira durante tanto tiempo, que había crecido dentro de una estructura muy nociva para mi espíritu, mi corazón, mi sensibilidad, mi intelecto. En todo sentido entendía que me habían perjudicado. Me habían mantenido eso: fuera del mundo. Entonces en parte viví una especie de euforia. Me lancé al mundo con mucha energía. Una energía que también tenía mucho de negativa, porque venía con esa carga de enojo y rabia. Fue como un pendular, de Dios a no Dios. O sea, ni siquiera me hables de Dios, no me vengas con nada del espíritu, no quiero escuchar hablar. Solo hay esto: lo real, la realidad, la muerte, la sangre, las tripas… el abismo.

 

¿Qué dice de vos el conjunto de libros que publicaste?

– Creo que debe decir que soy un tipo bastante conflictivo… sensible, caótico, talentoso. Y con cierta tendencia a no querer mucho a la gente. Alguien que podría llegar a ser peligroso, con el que podría ser difícil convivir, o tener una relación de intimidad. Eso creo, y coincide con cosas que escuché decir de mí. Pero de todas formas hay algo que me pregunto, y es si realmente los libros hablan de su autor. Tengo un conflicto con eso: ¿mis libros dicen mucho de mí? No lo tengo claro. Si yo escribo literatura oscura, ¿eso dice que soy una persona oscura? Si escribo literatura que puede ser triste, ¿quiere decir que soy un tipo triste? Alguien me dijo que le impresionaba en mis libros el miedo -que él pensaba que era mío- a necesitar a alguien. Puedo identificarme con eso. Es cierto que siento gran incomodidad cuando necesito a alguien. Y obviamente eso habla de una dificultad a la hora de amar, de aceptarse carente en lo afectivo. Para mí escribir inevitablemente es desnudarse. Siempre uno está quedando en bolas, sea lo que sea que escriba. En algún punto se van a traslucir cosas que ni siquiera imaginás, y que no sabés qué efecto van a causar.

 

Daniel Mella (Montevideo, 1976) es uno de los autores que hay que leer para entender la literatura uruguaya actual. La editorial Charco Press, con sede en Edimburgo, acaba de editar en inglés su última novela, El hermano mayor. La traductora es la distinguida Megan McDowell, quien también traduce a Alejandro Zambra, Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, Lina Meruane, Diego Zuñiga, y Carlos Fonseca.