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Entre líneas

La escritora uruguaya Inés Bortagaray tiene un estilo pretendidamente ingenuo, infantil. Sin embargo por debajo pueden surgir cosas bastante inquietantes. Los personajes de sus historias –niños, adolescentes torpes, adultos desamparados- discurren entre lo tierno y lo patético, en la frontera entre la empatía y la vergüenza ajena. Por Pablo Fernández – Presentate. – Presentarme es hablar de Salto, lugar donde nací y crecí y al que me siento profunda e inevitablemente arraigada, si bien ya llevo más tiempo en Montevideo. Aprendí muchas cosas de la vida allá, y voy poco pero extraño consistentemente. Después como dato que consolida la personalidad viene la escritura, bastante temprano, porque empecé a escribir de chica. Un camino sinuoso y errático, con pausas y desvíos, pero permanente. Y otra cosa también permanente y que me define mucho es una inquietud, algo que está vivo y no me deja tranquila, y por eso se refleja en todo lo que hago. Es una especie de temblor, de curiosidad por conocer el mundo y vivir las experiencias que una vida ancha te va convidando, y me ha llevado a trabajar en cosas muy distintas. Soy muy versátil, y eso tiene de ventaja la flexibilidad, y de desventaja la indisciplina, la dificultad para concentrarse. Después hay otras cosas más de la intimidad, como la maternidad, que es un dato muy definitivo, capaz que lo más importante ahora. – Hay temas recurrentes en tu escritura: la familia, mascotas y otros animales, la muerte de seres queridos, el tiempo que pasa visto desde el lugar de un niño, la religión. ¿Cuál es tu inquietud? – Me inquieta el paso del tiempo, los dolores del crecimiento, la pérdida, y entre las muchas pérdidas que uno tiene a lo largo de la vida la pérdida de cierta inocencia, de ese estado de candor asociado a la infancia. Me interesa también cómo se desnudan algunos mecanismos del lenguaje que uno tiene muy adheridos y que son lugares comunes. Esas frases hechas que uno dice casi automáticamente, y que separadas del contexto son ridículas, o absurdas, o muestran el vacío. Me encuentro detectando esas frases todo el tiempo, en conversaciones ajenas, en la cola de un banco, o escuchando a mi familia. Me interesan mucho esos latiguillos del lenguaje, lo que esconden, lo que dejan ver. Pero bueno, recién mencioné la búsqueda, y yo siento que hay algo en mí que todavía está gestándose, en el sentido de que está encontrando una nueva identidad. Siento que la obra es una cosa viva y abierta y en construcción, en todos los casos. Hago esta advertencia porque no veo las cosas como algo estático. – ¿Y qué es lo que buscás transmitir? Porque tenés un estilo pretendidamente ingenuo, o naif. Lo decías recién, lo del candor. Y sin embargo, por debajo surgen cosas bastante inquietantes. – Es difícil responder eso, porque primero, a mí me cuesta mucho pensar en el lector como una entidad. Es decir, ¿en quién pienso cuando escribo? A veces he escrito cosas imaginándome que son casi una carta que leería un amigo, una persona real, de carne y hueso. Pero me resulta muy difícil pensar en los lectores en general. Hay una especulación a la que yo todavía no llego en el acto de escribir, porque cuando escribo ni siquiera sé si es para publicar. Sí siento que intento charlar con el lector, que no busco escribir mi diario íntimo. Entonces sí hay algo que está predestinado a instalar una conversación, un acto de comunicación. A mí una de las cosas que me parece más desesperante es la incomunicación, cuando hablás con alguien y la otra persona no parece entender eso que uno quiere decir, me provoca una gran angustia. Necesito todo el tiempo comunicarme, y no se me ocurre la escritura si no es también como eso, como una piedra que uno tira esperando que alguien la reciba y la vuelva a tirar, en un acto que continúe. – ¿Y por qué ese retorno por momentos casi obsesivo a la niñez, qué te aporta, o qué querés recuperar, rescatar? – A mí me interesa esa mirada, que es por un lado inocente, por otro lado maliciosa, y por otro lado impune también, esa cierta impunidad en la opinión de un niño. Que es irreprochable, porque bueno, es un niño. Es la mirada que está en mi libro “Ahora tendré que matarte”, o en cuentos como “A la mesa”. Una mirada que además da la oportunidad de observar con ojo clínico y mucha libertad el conflicto, los conflictos que se van despertando, sin necesariamente tomar posición. El mundo de los adultos como un mundo en guerra, mientras los niños se ocupan de… detectar. Me interesa también cierta noción del ridículo. Me gusta mucho la enunciación de lo ridículo, esos actos más o menos formales, que uno aprende para andar por el mundo, para funcionar, para relacionarse con otros adultos, pero que no dejan de tener un aire un poco inútil desde la mirada de un niño, que a la vez me parece tan insobornable. Entonces no sé si es que quiero volver a ese momento de mi vida. Durante mucho tiempo sí, hay una canción horrible de Roque Narvaja que yo cantaba cuando era chica, que dice “yo quería ser mayor, quería ser mayor”, de un niño que quería crecer, estaba muy ansioso por ser adulto, y cuando finalmente crece se arrepiente de haber querido crecer, y añora su infancia. Bueno, ese conflicto yo lo tuve. Por suerte ya lo resolví, pero durante mucho tiempo me parecía absurdo, me parecía que todo lo que uno hacía, el crecer, traía pérdidas, y no le veía de ninguna manera la parte positiva. En un momento dejé de querer crecer, me acuerdo que ví la película “El tambor de hojalata”, basada en una novela de Gunter Grass, muy dura, de un niño que era como un enanito, crecía pero conservaba un cuerpito chiquito, y me sentí identificada con él. Yo por ejemplo no celebré la menstruación, para mí fue una mala noticia, de pérdida de libertad, y de que nuevos tiempos se avecinaban, tiempos de cambio. A mí no me consolaba para nada eso de la pubertad, esa supuesta independencia que me iba a dar el crecimiento. No quería perder mis juegos, mis muñecas. Pasé unos años enojadísima. – ¿Cómo definirías esa mirada al pasado? ¿Nostálgica? ¿Triste? ¿Sentís que fue mejor que el presente, quisieras volver a él? – Para nada. Qué pesada es la gente que sólo quiere el pasado, yo no quiero ser una persona así. De hecho estoy enamorada del futuro. De verdad. Es algo que vino con la maternidad, una pasión por el presente y por el futuro. Porque es todo futuro, todas las aventuras que nos aguardan. Y eso es una gran cosa, es un sentimiento que estoy aprendiendo ahora y que me da mucha alegría. Por suerte no tengo esa mirada quejosa y apegada, de “oh, mis tiempos…”. Me muero si me convierto en eso.   Prontos, listos, ya. Fragmento de Prontos, listos, ya (Criatura editora 2018) Quiero un perro. Tengo peces. Tuve tortuga, pollitos, loros, hamsters y un conejo. Mis peces nadan en una pecera grande, llena de piedritas y caracoles. Se llena de musgo y dos por tres tengo que limpiarla. Me da pereza limpiar la pecera, y me demoro, me demoro, me demoro, hasta que un día dejo de ver los peces y sólo veo la capa verde de musgo pegada al vidrio. Pejo el ojo a la pecera y en un rendija veo pasar la cola de Boris, mi pez naranja. El otro se llama Otro y nada a un lado. Es blanco y débil. Nunca pensé que fuera a vivir tanto, pero ahora creo que no lo voy a ver vivo. Ahora para poder venirnos todos tranquilos de vacaciones le dejé a la pecera María, mi amiga. Le pedí que me cuidara los peces, le di la comida especial y me fui. Cuando volvía a casa caminando me di cuenta de que si alguno se moría, ella se iba a preocupar horriblemente. Volví a la casa y le dije que si se me moría algún pez, que lo tirara por el water. Pero que intentara que no se muriera nadie. Después mamá llamó a la madre de ella y preguntó si no era mucho molestia cuidar esos huespedes. Cuando hablaba por teléfono dijo huéspedes al tiempo que hacía la Señal Internacional de Comillas, curvando los dos dedos, cortando el aire con el ademán. Parece que la mamá de María le dijo que de ninguna manera era una molestia. Cuando mamá cortó dijo: vamos a traerles algo de regalo a la vuelta; qué consideración. Yo pregunté: ¿un souvenir? Mamá dijo: sí, o alguna artesanía. Yo pregunté ¿un caracol grande y lustrado? Mamá dijo: puede ser, puede ser. Qué hermosa es mi madre. Ahora viajo y pienso que no voy a volver a ver mi pez blanco, el Otro, porque no va a vivir mucho más. Cuando lo ví por última vez ya no nadaba. Estaba de costado, flotando en el agua, quietito. Yo golpeaba la pecera para despertarlo y él se movía apenas. Apenas giraba, rotaba para quedar derecho, pero no aguantaba. Al ratito estaba dado vuelta otra vez, flotando adentro del agua. Yo creo que hasta que no salga a flote no lo voy a dar por muerto. Los peces tienen que flotar arriba, porque si no están vivos. Me da lástima que se me muera el Otro. Creo que Boris lo va a seguir y que ya no voy a tener peces. Y tampoco perro. Tuve otros peces antes. Pisé a uno sin querer un día que tuve que limpiar la pecera. Lo saqué del agua y se me resbaló y el pez saltó como loco por el suelo y yo me puse nerviosa y lo corrí por la cocina, intentanto barajarlo en el aire. Pero lo pisé. Sonó feo. Tuve otro más. A todos dije que se llamaba Berta, pero en el fondo yo le decía Profesor de Organi. No sé por qué, pero yo le decía así. Un día fui lo fui a comprar a la veterinaria y esa misma noche se lo comieron Boris y el Otro. A la mañana siguiente sólo estaba la cabeza. Yo lloré y mamá me dijo que me tomara un licuado. Quise enterrarlo, pero mamá me dijo que los peces tienen que ir por el agua, entonces lo tiré por el water. Por eso le dije a María que tire el próximo muerto por el water. Es la forma que tienen los pescados de morirse sin dejar el hábitat. Inés en twitter: @inesbortagaray Compra el libro